POR CARLOS JIMEN
Los casos de Eli de Gortari (Silabario de palabrejas) y Roberto Palacio (Sin pene no hay gloria)
No debe de ser fácil reconocerse como filósofo en los tiempos que
corren. En un mundo que premia la banalidad en el pensamiento como forma más
efectiva de alcanzar reconocimiento social, el saber filosófico queda
acorralado en las mentes de unos personajes estereotipados como tostones,
peñazos y extraños. Leía hace poco en la revista colombiana Arcadia que
la práctica de la filosofía ha quedado circunscrita a los asfixiantes muros
académicos y que los filósofos solo pueden departir sus pajas mentales (con
perdón) con sus iguales, y no siempre. El artículo se llamaba Los profes de
filosofía solo producen más profes de filosofía.