POR RAÚL MINCHINELA
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Los
arquitectos románticos del siglo XVIII incorporaron a sus construcciones un
aderezo innovador: falsas ruinas. Junto a los castillos de los nobles,
adornando el paisaje, colocaban unas columnas griegas semiderruidas, o unas
paredes de abadía a medio desmorone. Vestigios fabricados, restos monumentales
de lo que no sucedió nunca. Lo que buscaban esas construcciones era engranar la
estirpe con la historia, que era un descubrimiento reciente. Hasta la ruptura
de Galileo, la Biblia era el documento histórico que prevalecía: el tiempo era
estable, la realidad era inmutable y el hombre estaba en el centro de todas las
cosas. Con el enciclopedismo, se invalidó su supremacía, y se abrió un espacio
para las civilizaciones que no se incluían en el libro sagrado. "Una
característica inconfundible de la Ilustración, dice Hans Blumenberg, ha sido el empeño en dar más tiempo al pasado". Las ruinas
falsas maquillaban los territorios que no tenían civilizaciones pasadas,
colocaban un abolengo a golpe de estructura.